Lo primero es presentarme: soy Rober, y trabajo en Tu Fin de Curso, o Tu Fin de Curso trabaja en mí. Un poquito de comunicación, un poquito de marketing un poquito de producción, un poquito de asistencia en isla…  Además, fui el Tangaman originario.

Si vendiésemos churros fijo que los cocería yo. En este apartado, y para ayudaros a matar el tiempo en clase de mates, os iremos contando -entre otras cosas- historietas reales que nos han pasado a los miembros de Tu Fin de Curso en nuestros múltiples viajes. Hoy me toca a mí, y os voy a hablar de Tailandia.

Bueno, ahora os toca a vosotros poner de vuestra parte. A ver, cerrad los ojos y pensad en Tailandia.

¿Qué sale? ¿La Full Moon Party? ¿La playa donde Di Caprio mató a un tiburón para ligarse a la novia del jefatso de la tribu de la peli? Ah, espera, ¿no serán fiestas salvajes con muchos travestis y señoritas que sacan pelotas de pingpong desde cavidades que, hasta ahora, pensábamos eran sólo tomas de contacto, y no vías de escape?

Vale, tenéis razón, seamos justos: no todos pensaréis en eso. Otros muchos os imaginaréis Tailandia con trenes en medio de la jungla, poblados con gente humilde y a la vez feliz, comida buenísima y picantísima en puestecitos ambulantes y garrapateros a un precio de coña, paseos en elefantes…

Las dos vertientes parecen muy de Tailandia, ¿no? Pero, ¿es posible que ambas tengan cabida en el mismo país? Pues esa paranoia tenía yo un día cuando dije: ‘a la mierda, los 3 o 4 chavales (con suerte) que lean estás líneas se merecen acabar con este sin vivir: ¡vamos a Tailandia! Y sí, digo vamos, porque conseguí liar a 4 amigos más.

Y así, señoras, señores, mamá, da comienzo la historieta de nuestros 16 días en Tailandia. Todo lo que contemos a partir de ahora está basado en hechos reales, con más o menos dosis de azuquitar para ayudaros a la lectura a todos aquéllos que estáis dejando de atender en clase para leer esto.

Los inicios

Hay una cosa que tenéis que tener en cuenta: íbamos dispuestos a no gastarnos más de lo estrictamente necesario, con 0 comodidades, comenzando por el vuelo: encontramos un chollazo con Ukraine International Airlines. El nombre apestaba ya a denigrancia, la escala en Kiev (capital de Ucrania) aseguraba riesgos bélicos, y el tener que cruzar por ese océano donde tantos aviones han caído o desaparecido en los últimos años nos ponía bastante cachondos.

La primera de las sospechas fue fundada: el avión parecía un hospital soviético, con poco espacio, una tele para cada 4 filas, media población de Israel y MUCHO NIÑO PEQUEÑO. Pero mucho. Y, ¿sabéis qué? Que todos estaban al lado de mí. Y cuando digo que estaban al lado de mí, lo digo literalmente: el chavalín de pelo a lo afro de 2 o 3 años que se quedó dormido en mi hombro a la media hora de despegar, su hermano aún más pequeño que lloró lo suyo y lo de su hermano el afro, el primo con cara de hijoputa que jugaba con el iPad sin quitarle el sonido…

Pero bueno, no todo estaba perdido, o eso creía yo: después de una hora haciendo de almohada para el chaval, y de aumentar exponencialmente mi simpatía por la causa palestina, llegó la comida: carne o pescado. Ah no, que los de las últimas filas ya no podemos elegir, que sólo queda pescado. Ah, que el pescado está seco y viene con espinas. Bueno, al menos me voy a hinchar a pan con mantequilla. Ah, que sólo un pan por persona… Bueno, tendré que comerme también el pan del chavalín afro, aprovechando que estaba dormido, ¿no? (antes de que me juzguéis, pensad que me lo merecía y que tenía hambre).

El caso es que, tras 17 horas de viaje (por supuesto, sin música, desde que mi hermana decidió bañarse en la piscina con mi iPod –sí, tengo un iPod-), tres películas que ni Multicine de Antena 3 se dignaría a poner un domingo –ojo, con el audio en ucraniano y subtituladas en chino, así de buenas-, una escala en territorio bélico y más hambre que un perro chico, llegamos a Bangkok. A Bangkok y a su 184% de humedad, claro.

Bangkok es todo lo que te puedes imaginar: caos, tráfico, suciedad, tuk-tuks, asiáticos con mascarilla… Pero decidimos dejarla para el final, porque estábamos deseosos de probar la Tailandia profunda, la de la jungla, la del norte. Así, nada más aterrizar y regatear el precio, porque ‘we are not tourist, we are travellers’, un taxista con bigote nos llevó a la estación de trenes –no sin antes pasar  por la tienda de su primo, a ver si queríamos comprarle algo-, desde donde un tren que costaba 40 céntimos iba a llevarnos 100 km al norte, a la primera parada real del viaje: Ayutthaya.

Un Tuk Tuk con su Tuktukero

La primera premisa era básica: estamos tiesos y vamos a gastar el menor dinero posible. ¿Qué significa eso? Que viajamos en tercera clase. Aro que jí. Y la segunda premisa también era básica: hemos venido a jugar. Cuanto más turbio, más ambulante, más tai-castizo, fuese el sitio para comer, mucho mejor. Y, ¿qué podía haber más turbio, ambulante y tai-castizo que las señoras que se paseaban de arriba abajo por el tren vendiendo carnes, arroces y bebidas de procedencia más que sospechosa? Teníamos hora y media, íbamos en un tren que pasaba a 5 metros de las casas donde la gente comía y teníamos mucha hambre, así que lo probamos todo. TODO.

 

Un chaletito con vistas al tren

¿Os imagináis darle un bocao a un finiboom relleno de pimienta cayena? Pues eso, acompañado de arroz, verdura y ¿pollo? es la comida tailandesa. Y no, nuestros delicados paladares y estómagos occidentales no están preparados. Repito, no lo están, no te vayas de fuertecito pensando para tus adentros que a ti te gusta el picante y lo aguantarías. No lo aguantarías, al menos al principio.

 

Esa señora llevaba más picante en esas bolsas que todos los restaurantes indios de España

¿El resultado? Que nos gastamos más dinero en aguaprobablementenopotable y té helado que en comer, y que el bueno de Pablo, archimundialmente conocido como Xablo, comenzaba a dar muestras de su verdadero yo: el Señor y Dominador del Agua. En adelante, toda compra de agua se efectuaría de la siguiente manera: una botella para Xablo, y otra para el resto.

Porque eso no era España, nuestra lejana y occidental patria, no. Eso era un país completamente distinto, con gentes, ojos, costumbres y comidas completamente distintas. Y allí estábamos los cuatro: Xablo, Nacho, Neno y yo, ante todo un mundo que parecía decirnos: bienvenidos a Tailandia, ojos redondos.

 

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